Quiero desaparecer, quiero irme tan lejos y enterrarme en un bosque, ser parte de esté universo, sin estar aquí.
Estoy cansado y agotado, ya no doy más. Y aunque, a diario me repito que puedo, que soy fuerte y capaz, mientras más camino, más me sangran los pies… Me sangran las manos de aferrarme a una vida, los ojos ya no lloran lágrimas, lloran sangré. Gotas y gotas cristalinas, que han perdido su color de tanto haber brotado.
Su rojo, ya no es rojo, hasta mis lágrimas están cansadas. El cuerpo ya solo, responde por inercia, por costumbre ¿A qué punto abre llegado? ¿Es acaso, esté el mandato divino, que se me ha impuesto? Avanzar, sin importar lo roto y magullado, lo triste y fragmentado, lo arrugado y maltratado…
No importa cuál sea la razón, es un sendero que cada vez es más angosto, un sendero el cuál, cada vez más solitario se vuelve.
Un camino, que me borra y que me hará desaparecer.
Siempre que viene mi vuelta al sol, pasa algo. Sí no es el mismo día, la semana en la que entra fecha, hay un suceso que me rompe en mil pedazos, los sucesos desde que nací, vienen marcados con dolor y sucesos que me dejan con ganas de no seguir nisiquiera.
Llevo tantos años sintiendo un nudo en la garganta, que creo que ya se convirtió en piedra.
Al final, nosotros mismos somos los que nos rompemos. Nadie nos rompe, nosotros mismos somos los responsables, así mismo es nuestra labor recogernos y volvernos a reparar y sanar.
Creo que no entienden la magnitud del estado anímico, espirtual y mental, por el cuál estoy pasando.
Qué curioso cómo cambias todo lo bonito de una semana, en un día.








